el espectro del Santo Oficio se ha instalado en el mundo del Arte

Falso o verdadero?  Difamación, injusticia y reparación en la era de la pos-verdad.

Quema de Brujas y de Judíos acusados de Judeizar, La Inquisición, la sospecha, la acusación del vecino, el plantar un rumor, el castigo, la estigmatización etc. parecen haberse naturalizado en nuestra sociedad Hispana como elabora el historiador Forcano.

La intención del siguiente texto es reflexionar sobre una situación que aparece como personal por sus características concretas, por ser algo que “me sucede”,  pero que se transforma rápidamente   –por cómo se desarrolla en un contexto profesional social- en lo que también le está sucediendo a tantos otros dentro del campo de nuestro gremio o categoría compartida. Dentro de la profesión del ser artista y de navegar dentro de los mismos lugares más o menos e incluso coincidir en “carteleras” seleccionados por los mismos “comisarios” o agentes coordinadores y seleccionadores de profesionales circunscritos como tales. Se cuestionan y se medita sobre las consecuencias de la difamación como herramienta dentro del contexto del mundo del arte abriendo estos como casos éticos, morales y político-sociales que nos implican y conciernen a todos.

I

Iniciaremos este ensayo de un ensayo, meditando sobre el rol de estas instituciones públicas y de sus agentes en relación al abuso de poder en los varios aspectos de sus posiciones y en concreto, aplicados a los casos de como se movilizan, o no, si hay códigos éticos o no, ante la difamación, el estigma y como consecuencia el veto arbitrario, etc. a los sujetos de las acusaciones, o a los “señalados”.  Todos ellos causados por alegaciones sin pruebas objetivas tal como son las opiniones, aunque estas se publiquen con mucha habilidad “creativa” y varias licencias poético narrativas a la hora de acusar en falso a un compañero de profesión. También meditaremos sobre cómo, desde la institución, se está consintiendo o aplaudiendo la praxis, del decir o el de escribir públicamente en las redes sociales para los miles de tus seguidores y fans (a sabiendas de que se miente y se manipula la narrativa) para causar el máximo impacto y dañar a el “target”. Una práctica que se supone justa, que aplica justicia, justamente. Nos preguntaremos sobre cómo poder discernir y “ser justos”  (objetivos más bien) ante las opiniones y los datos falsos, con bases como las de me “dijo cuando le dije, o que argumenta que …” cuando no existen pruebas concretas más que la supuesta verosimilitud que este mismo sujeto ostenta por defecto, ya que sus acusaciones y argumentos o causas para ellas, no necesitan ser probadas porque se disfruta de “toda la credibilidad”.

Esta es la situación del disfrute de una absoluta “incuestionabilidad” que presenta este personaje en concreto (el que me persiguió y acusó falsamente) pero que también disfrutan otros sujetos dentro del contexto que analizaremos. Y estas son las cada vez más asiduas situaciones, que se generan por defecto -cuando se trata de la opinión, o juicio desgranado- por parte de este tipo de posición de poder que roza casi lo absoluto, nos llaman mucho la atención como un fenómeno social actual e intensidad persecutoria que consideramos altamente preocupante.

Está consolidándose cómo hábito de ciertos sujetos que forman lo que se considera parte participante de un “circuito interior” favorecido por tales instituciones, versus otros elementos con los que se comparte el contexto profesional, no necesariamente institucional, pero sí estructural y por lo tanto dentro del marco legal.  

Por lo tanto, en este texto buscaremos cuestionar de este modo el poder de difamación como gesto libre (precisamente por lo inaprensible que demuestra ser) dentro de un contexto des-regulado y frío -que sustenta por su formato- a cualquier sujeto particular y a la vez arbitrario, contra otro profesional del propio contexto y de cómo un acto, con una herramienta tan potente como evanescente (declaraciones, publicaciones, textos, panfletos o de boca en boca) se realiza con fines de causar daño: Lo que legalmente se consideraría libelo o injurias a la persona. También del efecto quasi mágico que ejerce el “acusar” para el que acusa, como si al hacerlo se limpiara por así decirlo, de la posibilidad de estar siendo el mismo, el perpetrador. Es muy grave, por lo que conlleva hacia casos, y situaciones, donde el acusar o revelar, ha sido y sigue siendo tan importante. Por ello, lo complejo, y lo perverso que conlleva, la falsa acusación.

Pero vamos a ir más allá de las bases de lo que la ley pueda indicarnos, incluyendo sus limitaciones en jurisprudencia y ética al respecto de este tipo de antigua y moderna costumbre social. Nos adentraremos en la concienciación sobre lo que está aún por constituir y definir como un tipo posible “de mala práctica” – que no se contabiliza como tal todavía- por lo inaprensible, y que sucede cómo síntoma en las estructuras institucionales actuales (dentro del neoliberalismo) vaciadas de elementos e instrumentos concretos para la convivencia entre profesionales. Una estructura ciega, a-crítica consigo misma, y naturalizada, que se expone como contexto (Habitat) con una carencia absoluta de guías o referencias a ciertos modos éticos, morales y/o de compañerismo, sino de cómo el respeto mínimo, no es posible o de que la solidaridad (supuesta y aparente solo) de principios se basa en otros ejes y en la identificación por categorías manejadas por conveniencia por nuestros supuestos “compañeros” de profesión.

Conocemos como parte de nuestra propia praxis e investigación -que forma parte del largo trayecto y de la fragilidad probada ante el intento de construir “un posible común ético” en formatos de trabajos y acciones- [i]desde la pobreza (no ser alguien rico, de una familia asentada dentro de la circular aural del significante burgués del que tanto ha estudiado Bourdieu en Distinción) y de cómo la falta de apoyo o recursos a la vez, iban generando más descalificación y descuido, de un desdén generalizado por estos agentes y sujetos más bien hacia el propio trabajo, incluso a mi persona. Como principio constante y parte de nuestro ethos, hemos buscado poder estar mas allá de las hipocresías neoliberales que se dan hoy día cuando se ensalzan discursos de comunidad, mientras a pie de calle se apuñala al otro salvajemente por la espalda. Existe una identificación narcisista que nos genera agruparnos contra no solo “lo opuesto”, sino contra lo que sentimos que no nos conviene para el avance de nuestras carreras, o que simplemente y a secas: No nos conviene cuestionar.

Así pues, están sin cuestionar, relaciones de poder tóxicas, abusivas, y qué hieren los conceptos del standard del campo relacional (relaciones de poder en el ámbito del trabajo, abusos de todo tipo, luz de gas, etc.) en lo profesional y de relaciones en las que se ha difamado y dañado a otros sujetos irreversiblemente, dentro de nuestro contexto profesional.

Pero podemos generar ética o moral que produzca y facilite la empatía y el poder reconocernos en el otro al que no aceptamos? Es posible no percibir a nuestro compañero como competidor u obstáculo a nuestra carrera y por lo tanto como a alguien de quien librarnos y del que prescindir a cualquier precio ( por ejemplo difamarle, o callar ante las difamaciones de otros en su contra) para poder ocupar un lugar en nuestra profesión que sea certero y seguro, para poder subsistir en un mundo piramidal e injusto. Podremos establecer prácticas, contextos de información, o incluso llegar a considerar este tema por lo urgente y necesario que debería ser? O simplemente no conviene ni interesa porque sólo hacen falta los “gestos”, las superficies, lo que se llama la línea débil de los discursos pseudo-politizados y recuperados por el establishment neoliberal institucional que nos sostiene y nos anula a la vez.

Querer sentir esa comprensión por lo que se comparte, por lo común del ser agentes del contexto que produce “lo cultural” se aleja irremediablemente del objetivo, cuando sólo se trata de una apariencia de concienciación, que se materializa sólo por, y a través de “artistas cotizantes y al alza” como agendas del lavado institucional del que muchos somos testigos. Mientras siguen sin confrontar problemáticas y heridas que tienen mucho más cerca, que son más profundas, dañinas  y urgentes. Esta sería en sí misma la señal de la falsedad o impostura institucional de la que hablaba Foucault. Sólo tenemos que trasladar su argumento a la institución cultural y sus agentes, sus contenidos tan críticos pero incluidos y por ello recuperados, subsumidos, desactivados. etc.

II

Finalmente, este tipo de ejercicio de introspección y de examen de conciencia nos protegería tal vez de los sujetos que se aplican (fríamente) o furiosamente (en desorden narcisista) o de las prácticas sociales conocidas por su eficacia: el rumor, la difamación y la crítica maliciosa?

Estas observaciones son aplicadas al contexto como es el del mundo del arte. Un lugar al que hemos llegado a través de décadas, desde los inicios en el difícil contexto Franquista, desde el mundo de la danza que era minúsculo y sin poder alguno, atravesando las prácticas, explorando desde las periferias y experienciandolas en un tiempo/espacio rocoso, de múltiples pliegues y heridas. Un terreno complejo, de capas tectónicas forzadas a convivir, pero que se allana siempre (en la comprensión de la negligencia y complicidad de los intereses) ante la evidencia del comportamiento dentro de las estructuras, de elementos invariables como el poder, de quienes lo ostentan y del porqué lo ostentan.

Se sabe suficientemente y gracias a estudios de campo teóricos, de corte crítico Marxista, que el artista debe proceder de un contexto que lo valide. De una buena familia,  de una buena universidad (Bourdieu de nuevo)o antiguamente podríamos añadir de una buena Iglesia, cuyo significante le cubra del aura, por lo que pueda faltarle (pero todo aquel que no tenga elementos que le consoliden en la navegación estrictamente burguesa y capitalista de este “Teatrum Mundi del Arte”, quedará en la periferia, desaparecerá en la irrelevancia) y tal como dice Michel Feher: El artista (en este caso el “investee”) debe ser sujeto de inversión por lo que hemos comentado antes, o al menos ser joven (nueva categoría al alza porque es pura vida, salud y futuro) y por ello ocupar el lugar preferido del Neoliberalismo y su agenda del aquí y ahora: La agenda de los posibles. Así que vivimos en una eternización del “aquí y ahora” neoliberal y de los temas y categorías (para ser invertidas en..) impuestos por la necesidad de blanquear-se de las instituciones, que tienen que ‘demostrar” que son neutrales, justas y adecuadas.

Este inciso en recordar de donde proceden casi siempre los artistas que llegamos a conocer tiene una razón de ser, porque implica su complicidad con una estructura de poder, de superioridad (de supremacía capitalista, de valores Blancos, o Europeos, como gusta tanto decir hoy día) de la que no se puede escapar por magia, simplemente con hacer arte político, con producir contenidos “de escandalo” porque no hay escándalo cuando eres parte del problema. Pero precisamente, no son las críticas de todos los legados críticos marxistas, las que apuntan a esta crisis? Por ello es importante recalar en este punto y volver a retomar el asunto que nos concierne, sobre la difamación del compañero de trabajo como “praxis”, o táctica útil y la efectividad de esta cuando sucede en circuitos cerrados de poder. Atestiguamos haber presenciado en múltiples ocasiones, comentarios tóxicos e inaceptables  de unos sobre otros por parte de un grupo de poder (artistas y comisarios amigos o en estrecha complicidad laboral o nepotista, considerando su auto-categorización) reunidos “socialmente” en un momento dado. Esta toxicidad es tan pervasiva que se ha naturalizado. Y nos parecen inescapables o normales, unos discursos y actitudes que transcienden a la esfera pública del señalado, por razones privadas (ataques y venganzas personales, razones y sesgos subjetivos, proyecciones y transferencias post-traumáticas o lo que sea) y lo privado, inundando lo profesional de vuelta.

De momento el único movimiento que ha obtenido algo de tracción es el de “yo te creo” o metoo. Y está por ver (menos en los casos legales que ya conocemos)  hasta que punto no se transforma en sí mismo en otro instrumento de castigo y persecución, de nuevo por razones personales de venganza. Poder acusar de maltrato es un avance siempre y cuando estas acusaciones sean llevadas con procedimientos éticos regulados y revisados. Por ello la complejidad, los consecuencias de corte fascistico[ii] generadas por las redes sociales y de cómo sus “estrellas” castigan a quienes les da la gana, ocasionando linchamientos populares (se sabe que en India los linchamientos y las muertes son reales) y un daño absolutamente cuestionable. Así que observamos una series de formas sociales (comentarios, acusaciones, opiniones) que devienen instrumentación destructiva con consecuencias profesionales, personales y emocionales muy negativas y tóxicas. Y apenas podemos hacer nada al respecto. En nuestro caso, que dejamos en la orilla de esta reflexión expresamente a medias y sin “narrar” por completo.

III

No es el opinar, criticar al otro -que nos mueve o nos afecta o disgusta- y acusarle incluso, un derecho? Por ello, la misma esencia de la difamación, la manipulación de lo verdadero (objetivo quizás) versus la percepción subjetiva dentro de lo que se conoce cómo patologías de lo social, lo opinado o lo que decidimos que el otro dijo según nuestros sesgos, o de nuestras heridas narcisistas que se esconden tan fácilmente es tan difícil de enfrentar o dilucidar como defensa. Casi se requeriría una civilización nueva, otro lugar. Una utopía. Lo que cada uno contamos al otro del “otro” y al mundo, se cree y se asume correcto en tanto cuadre con paradigmas y marcos acordados al respecto en grupos concretos sociales y es precisamente esa cualidad de ser “eventos narrativos” que les hace  indistinguibles (falso vs verdadero) dentro del lenguaje y en la comunicación entre colegas o de nuestro público (hoy son los “amigos” online de los que obtienen seguidores y son célebres en las redes sociales) que en esencia son naturales e intrínsecas a la libertad de expresión legitimada.

No hace falta saber mucho de historia para ligar de un salto en el tiempo no muy lejano (y por las teorías de Historiadores sobre la persecución a los moros y judíos -que son nuestros ancestros por cierto- en la Península Ibérica como por ejemplo nos cuenta Forcano) él cita las prácticas sociales naturalizadas que hemos heredado especialmente los Españoles o Hispanos (apuntaría incluso que los posos quedaron del otro lado del Atlántico entre las élites gobernantes de los lugares donde existió la Santa Inquisición en América Latina) de las continuas acusaciones, los cotilleos, de las agendas subjetivas y razones personales (las conocidas intrigas) que  normalmente solían usarse para quedarse con la propiedad del acusado de la vecindad y zona, a la que se presentaba la Santa Inquisición por sistema  en cada poblado o ciudad.

Vemos en cualquier caso, como también en este contexto preciso que forma el mundo del arte en general (el Contemporáneo Global de Instituciones que van desde Matadero en Madrid, New Museum, New York, pasando por la Bienal de Sao Paulo o de Berlín, la de Venecia o incluso Documenta. Incluyendo los proyectos como El Louvre de Abu Dhabi, o los seminarios organizados por la fundación Goethe en Barcelona, La Virreina,  MACBA, Nottingham Contemporary etc.) todos y cada uno, con su indiferente fórmula de administración neoliberal, con sus estructuras des-reguladas pero con su aparente justa neutralidad y “sus muy buenas intenciones” en sus programaciones, coinciden en su disociación squizo capitalista, porque proyectan siempre: Una apariencia de estabilidad sustentada por una irregularidad extrema  que afecta no sólo muestro contexto, sino sus bases y raíces. Hablamos de un “mundo” (ese sí es un “sistema-mundo”) atado y bien atado: Blanqueador por excelencia, sobre todo por su complicidad y uso de capital corrupto por defecto, sumado a políticas sociales injustas, expandiendo dicha complicidad a todas y cada una de los sujetos y los temas a los que supone criticar desde su pódium.

Este “sistema mundo”(Grosfogel/ Mignolo et all), que ya de por sí está muy debilitado, es muy vulnerable a los afectos más negativos que se producen entre los mismos profesionales que la forman. Generando situaciones paradójicas e injustas por defecto, ante su hierática indiferencia. La competitividad ansiosa y desaforada, envidia, inseguridad por perder el puesto y lo que éste promete: mas allá de la fama, la estabilidad económica en un mundo de desigualdad social abismada. No dejemos de lado la realidad profunda conocida por varios estudios sociológicos, que el mundo del arte promueve valores como la excelencia, el sobresalir, ser único, ser genio, ser superior, brillante. Lo diga Pierre Bourdieu o Ben Davis.

Un todo o nada está en juego y hay cada vez mas actores que coexisten en esta zona del “ser-devenir, artista” buscando consolidación y ser valorados.

Todos y cada uno de los afectos que se complican en el día a día de la lucha por existir como artista reconocido y activo pueden ser inflamados con insinuaciones y comentarios ácidos. Y ya no digamos, cuando pasamos a mayores con acusaciones más graves. Tal y como señala Michel Feher, hoy día se trata de nuestra reputación y potencial lo que está en juego. Es nuestro portafolio de posibles lo que cuenta. Por lo tanto, en el mundo neoliberal e hipócrita que nos subsume y asume, es más valorado “parecer” que ser. Y no es esto lo que justamente nos resuena a la matriz de la Corte Proto-Capitalista como era el Barroco, como aquel ente Moderno Re-Conquistador? Una Corte que aplica y premia por primera vez al hombre hecho a sí mismo, al hombre Artista como Cortesano, pero que le transforma en Intrigante?

Un contexto Barroco de hombres (y ahora mujeres, trans, queer, no-binario gay etc.) que compiten cortesanamente  para  hacerse a sí mismos,  inventarse y  ocupar  así  “un lugar”  bajo el gran Sol.  Seres abarrocados, que a la vez producen y reproducen metodologías heredadas de La Santa Inquisición, perseguidora implacable contra sus recientes conversos/ reconquistados/ disidentes u extraños y peligrosos elementos, tanto en la Península como en sus ex-Virreinatos.

“Forcano, como otros estudiosos, sostiene que la mayor parte de judeocatalanes permanecieron en Catalunya como criptojudíos. El miedo y las técnicas de espionaje y delación de la Inquisición han dejado una profunda huella en el carácter de los españoles: el miedo a la denuncia, la intromisión sin pudor en la vida ajena, la interiorización de la culpa, la difamación como venganza…” [iii]

Y no existe pues, una conexión  directa en la utilidad de descalificar al contrincante en el mercado, para ser deseado o cotizado, hilada por siglos civilizadores y capitalistas con sus Salones y su parafernalia social artística, con sus “recepciones”, sus fiestas, sus coleccionistas, sus ferias etc.. Esa pompa inevitable: como por ejemplo ARCO y el paseíllo con la monarquía impuesta por el Franquismo como si nada, como si fuera todo parte de lo más normal de nuestra existencia.

IV

No es el mismo fin en sí mismo de publicar narraciones falsas sobre otros compañeros de profesión en las nuevas vías como las redes sociales actuales, con mentiras fáciles de cocinar pero que parecen (digo parecen expresamente) hacer eco de nuestra misión discursiva del contenido de nuestro Arte útil, activista y politizado, para que suban de inmediato nuestro crédito ( y el precio de nuestra obra, nuestro significante de excelencia) como entes auténticos y valientes que “acusan” y sostienen la verdad como totalidad incuestionable para que a su vez se consoliden nuestros discursos en la línea Inquisitorial que promete nuestro trabajo? No sube entonces, como resultado de tales “acciones” nuestra credibilidad (y crédito) para inversores y comisarios, nuestros galeristas (si somos de su establo como suelen denominar a los suyos como caballos de “carrera” etc.) si ejercemos y cumplimos con lo que nuestro Portafolio (M.Feher) ofrece?

Hoy día los vientos de moda soplan hacia ciertos temas necesarios para el marco neoliberal. De estas y  de las anteriores temáticas pseudo-políticas (pseudo en tanto a que sabemos que el arte de formato político no es necesariamente ni radical ni transformador, y mucho menos dentro del contexto neoliberal en nuestra contemporaneidad, más bien aplica la conocida ley del Gatopardo, que cambie” -dejemos que nos critiquen- ” para que nada cambie[iv]) la última tendencia elegida prioritaria de ciertas instituciones y que es oportunamente y precisamente, el objetivo del Portafolio de las Agendas Culturales de estas instituciones en su deseo de blanquearse 100%, a ser posible (invitando o programando a lo “oportuno” de cada temporalidad, para su política de contenidos responsables ya que se saben observadas de cerca por las agudas críticas de cierta izquierda y teóricos del contexto más exigente del campo curatorial) de su necesidad de aparentar ser justas, tal como señalaba Foucault en su conocido debate con Chomsky sobre la hipocresía latente dentro de la gran institución que es la Universidad.

Lo personal sí es político cuando has sido objeto de difamación y acusado falsamente de ataques racistas por un compañero de trabajo o varios. Entonces, la pregunta será: Qué significa ser objeto de falsas acusaciones que afecten directamente y muy seriamente a nuestro ejercicio profesional? Qué herramientas podemos encontrar, para no sólo contestar a falsos testimonios, sino restaurar el terreno dañado, el terreno que señala Feher, del crédito y de la reputación herida? El doble filo surge de nuevo como causa-efecto aplicable a ambos lados del problema. Si una acusación es de mal trato y se mal trata acusando en falso, los discursos de “defensa” parecen copiarse parecen ser ecos en vez de distintas líneas éticas y morales. Lo que de por sí debería darnos alguna indicación de la problemática del lenguaje, la narrativa y su construcción. Incluso ahora en este preciso texto posiblemente se peligra en reproducir lo que se cuestiona.

Debemos recurrir a lo legal, aislado de la terminología de nuestro contexto? O deberíamos luchar por conseguir “justicia” dentro de los parámetros de nuestras relaciones entre elementos implicados en las instituciones ? Cómo hacer para disputar las acusaciones injustas, la mentira, o incluso las opiniones obsesionadas en nuestra contra, que nos dañan profundamente sin incurrir en lo opuesto igual, represivo y cobarde ?

Cómo demostrar que se deja aislada y alienada, re-victimizada al sujeto acusado falsamente de haber sido racista, de tener argumentos in-solidarios, xenófobos y racistas (la referencia es mi caso) por considerar esa problemática en cuestión, la del ser expuesta a propósito (con fines de escarmentar y castigar) en público en las redes sociales por un ente (una artista) con miles de seguidores y audiencia sin oportunidad alguna de defensa, a una parte del ámbito exclusivo de lo personal. Favoreciendo el enquistado devenir de estas ideas y formas, de estos malos tratos (que lo son como hechos, como acto) en una realidad que es tóxica y que nos daña precisamente por su poder de “mancharnos el prestigio” profesional como acusadas, sin ofrecer posibilidades de contestar formalmente, con dignidad y éticamente, entre las circunvalaciones de nuestra profesión.

A la vez, también se construyen apuntes y discursos para las éticas en el trabajo (las buenas prácticas entre compañeros quizás?) y para medir qué son o porqué no lo son. Si es así, cómo articular esta defensa, desde la ética profesional y la llamada a la empatía, el dialogo y la intención de cumplir con unas bases de convivencia básicamente respetuosas?

Quisiéramos explorar precisamente este territorio institucional, a quienes da voz y porqué (cuales son las coordenadas y categorías de valor) y a quienes se la niega, precisamente por qué razones objetivas si es que las hay y son contabilizadas, etc. Vislumbrar así, en las agendas materiales objetivas lo que se programa, a quienes y en que marcos, lo que se pospone o se invisibiliza (mi caso profesional) y la posible verdad o acercamiento a ella, detrás de los gestos aparentemente justos para que unos sean elegidos representativos y otros en cambio olvidados, minimizados. Por no decir unos “castigados” o relegados, y otros , fast-tracked para cubrir lo más rápido -y por ello muchas veces inadecuadamente, o sin realmente ser tan merecedores- en lugares que exhiban los consensos miméticos de quienes son los que tocan para que la institución se limpie casi por arte de magia, con sólo ser habitada por ciertos nombres y presencias para así seguir como siempre, injustamente, sin cambiar en absoluto.

Las dinámicas personales y de sesgo tras los objetos profesionales (mi trabajo primero y luego mi propia persona), luego por igual tantas otras señaladas (cargando el San Benito) del oprobio. Del origen discursivo, de contexto y sus contenidos criticados. Y de cómo en este “ir en contra” de alguien concreto por sistema, se va generando la creación de un hábito táctico de perseguir y hostigar al objetivo señalado. Generando en sí mismo una praxis de corte Inquisitorial (que Forcano considera actualizada, inescapable). Transformando ciertas actitudes y declaraciones en herramientas para la  aniquilación del respeto o dignidad del otro, incluso del prestigio modesto con el que el demonizado en cuestión pudiera contar. Y como consecuencia de estos actos supuestamente heroicos de la denunciante, de la forma se ejecuta es la que en sí misma se cuestiona: El panfleto publicado falseado como acusación grandilocuente en las redes sociales con las consabidas consecuencias.

Desapareciendo así sin poder ser contestado contrastado o defendido y de un plumazo, años de ética, de compromiso, de comportamientos solidarios etc. del profesional atacado y difamado. Teniendo esta difamación esta consecuencia y causa, el objetivo de la construcción de una falsa cualidad que se objetiva como estigma en el señalado-acusado. Y con ello, conseguir que sea apartado del acceso a trabajos, reconocimiento profesional y el respecto (de por sí tan precario y vulnerable de sostener, tal y como nos cuenta Axel Honneth en la sociedad del desprecio o en la lucha por el reconocimiento) con lo que se llamará a ese efecto y a esa técnica muy antigua pero continuada por efectiva entre competidores: un asesinato de carácter (character assassination) en la terminología usual anglo-sajona legal o ética.

Así hoy, nosotras y otras, nos encontramos de-plataformadas y acusadas falsamente de racistas y xenófobas publicadas por artistas que hoy gozan de una reputación que alaba su característica más tóxica y dañina, que se instituyen como la voz de la verdad y de lo importante y relevante, cumpliendo con todas y cada una de las condiciones que pide el neoliberalismo, apoyadas por todas y cada una de las instituciones cómplices con el capital esclavista y colonizador y sin el menor atisbo de que se llegue a modificar el status quo. Entonces, que nos queda? a nosotras las nadie-nada,  las muertas vivas (o convertidas en undead) en mera sombra embrutecida por la difamación, agotadas y ya muy mayores, sin trabajo, con heridas brutales y sin voz. Qué podríamos hacer? Escribirlo? Publicarlo?

Esther Planas Balduz 2018/2019 corregido actualizado


Notas


[i] Escuela de Calor: https://estherplanas.com/ongoing/200916-warm-red-de-schooling/

[ii] “fascism, like desire, is scattered everywhere, in separate bits and pieces, within the whole social realm; it crystallizes in one place or another, depending on the relationships of force.” (Guattari 1995: 245)

[iii] https://www.lavanguardia.com/cultura/20160807/403744194801/judios-catalunya-libros-memoria.html

[iv] Leopardi I el Gatopardismo: El “gatopardismo” o lo “lampedusiano” es en ciencias políticas el “cambiar todo para que nada cambie”, paradoja expuesta por Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957). La cita original expresa la siguiente contradicción aparente: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

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